Son casi las 10 de la noche y los más pequeños juegan en la explanada, ya ingirieron su cena y es momento de disfrutar, mientras los adultos se abren espacio para recibir los alimentos.

El frío nocturno se siente fuerte entre las ropas, son los primeros atisbos de lo que serían los vientos de Santa Ana, pero ello no es impedimento entre los niños para correr tras de una pelota. Las risas se conjugan entre los murmullos de los que hacen guardia dentro de sus casas de campaña, y los ruidos de quienes limpian la zona mientras los demás terminan su cena.

Son los migrantes que han vuelto a las inmediaciones de la garita de El Chaparral, los que no se encuentran registrados en el Programa de Protección a Migrantes (MPP), pero que tienen la esperanza de ser tomados en cuenta para sus procesos de asilo.

Haitianos, centroamericanos y mexicanos son parte del campamento que alberga a unas 500 personas, la gran mayoría huyendo de la violencia y el crimen organizado.

Entre ellos hay muchos menores de edad, quienes acompañan a sus padres sin saber de qué trata la situación, pero a la vez con la ilusión de cumplir el sueño de cruzar al otro lado como se los han compartido.

Entre el tumulto, un grupo de jóvenes de origen hondureño sirve la comida a los pocos que les hacía falta, entre ellos está Carlos Herrera, que llegó hace más de dos años a Tijuana y que decidió quedarse en la ciudad junto con los amigos que lo acompañan. Ellos viven en un albergue en Playas de Tijuana, trabajan realizando diversas actividades y se acercaron al campamento solamente para ayudar.

Foto: Lisbeth Chavez.

“Nosotros venimos solamente para ayudar y apoyar a las familias, a quienes vienen solos o acompañados, con comida, ropa y juguetes para que los niños se diviertan un rato. Entendemos lo que está pasando aquí, nosotros también lo pasamos”, compartió a Glocal Media.

Carlos expuso que decidió quedarse en la ciudad porque aquí encontró algo de lo que buscaba. Está consciente que uno “cuando sale de su casa viene con un sueño, pero en la realidad ese sueño se vuelve muy oscuro; de repente no hay luz en el camino, aunque a veces uno piensa que todo va a estar bien, pero se van las esperanzas al ver todo lo que está pasando”.

Tanto Carlos como el grupo de amigos que forman parte de la comunidad LGBT+, se sienten afortunados de estar en la ciudad y tener la posibilidad, ahora, de ayudar con sus ejemplos, anécdotas y experiencias.

En medio de la charla y las actividades que realizan otros grupos de migrantes, llama la atención ver cómo las casas de campaña llevan un orden numérico que indica también la cantidad de personas que la habitan.

Josué Daniel Estrada, originario de Honduras, es el primero en la fila, llegó desde el martes 16 de febrero a la garita, a la espera de que los llamen para sus procesos. Él comparte que ante la ausencia de la lista para anotarse y recibir un número, los propios migrantes han acordado una numeración en las casas para mantener un orden.

Pese a que agentes del Instituto Nacional de Migración (INM) los han hostigado tratando de disuadirlos, ellos se han organizado y fortalecido gracias a la perseverancia que han mantenido algunos.

Foto: Lisbeth Chavez.

Josué Daniel salió hace nueve meses de su hogar debido a las amenazas que recibió de las pandillas y se instaló en Tijuana por la pandemia. Tuvo un camino difícil y solitario a través de La Bestia; luego llegó a un albergue en la ciudad que después cerraron y se quedó en la calle hasta que abrieron el campamento en la garita.

Aunque ha sido difícil y le toca padecer los estragos de la calle, durmiendo a la intemperie y sin lugar para sus necesidades, ahora ve una esperanza de que pueda lograr su objetivo de cruzar al país vecino. “Ha sido complicado, pero después de nueve meses esperando ya en la ciudad, uno puede aguantar eso y más todavía”, dijo.

Para las personas que vienen con familias completas y niños pequeños, como el caso de Luis, también de origen hondureño, ha sido todavía más complicado permanecer en el campamento, debido a que la temperatura durante la madrugada desciende.

Aunado a esto, los migrantes de la garita no cuentan con un baño, y es un pequeño local en las inmediaciones, el que les brinda el servicio pero hasta las 10 de la noche a cambio de ocho pesos por persona.

Foto: Lisbeth Chavez.

Tanto Luis como Josué Daniel coinciden en que la espera bajo estas circunstancias climáticas y de incertidumbre, han sido menos difíciles debido a las diversas actividades para las que se han coordinado en grupos, como la de limpiar la zona donde acampan para lograr un entorno seguro.

Esta noche les tocó a ambos barrer la calle, recoger la basura y depositarla en el contenedor; al día siguiente le tocará a otro grupo y así se irán rotando de forma continua. Esta actividad es parte de la organización que han construido al interior del campamento; dicen haber aprendido de los errores de sus antecesores, quienes fueron señalados durante las caravanas pasadas por la opinión pública.

Luis dice que hasta el momento la gente de Tijuana se ha portado muy bien con ellos, que incluso les han llevado comida y algunas cosas de utilidad.

Sin embargo, acusó que por parte de los agentes de migración sí han recibido insultos y maltratos verbales, que entienden es la forma de querer persuadirlos, pero a veces con la amenaza de que serán desalojados por las fuerzas policiacas.

“Lo único que queremos es que el gobierno de Estados Unidos nos dé una respuesta, por el momento no tenemos nada, pero tenemos la esperanza de que nos abran la puerta; es todo lo que pedimos, que continúen los procesos de asilo”, puntualizó el joven Josué.

Foto: Lisbeth Chavez.

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