Durante más de un año, Haití se libró de los peores estragos de la pandemia de COVID-19, informando pocos casos y muertos, un inusual respiro para el país más pobre de América que muy a menudo se ha visto asolado por las desgracias.

Los centros de tratamiento de COVID-19 cerraron por falta de pacientes, los haitianos reanudaron su vida con normalidad y el gobierno dudó incluso en aceptar su asignación de vacunas gratuitas de AstraZeneca a través del mecanismo COVAX, respaldado por la ONU, por motivos de seguridad y logística.

Pero ahora, mientras algunos países ya están entrando en una fase post-pandémica gracias a las campañas de vacunación, Haití está lidiando con su primer brote serio y es uno de los pocos países del mundo que aún no ha administrado una sola inyección contra el coronavirus.

El mes pasado, los contagios y los decesos se multiplicaron por más de cinco tras la llegada de nuevas variantes, en lo que la Organización Panamericana de la Salud (OPS) calificó de “una moraleja sobre lo rápido que pueden cambiar las cosas con este virus”.

Primer ministro de Haití, Joseph Jouthe, de pie escuchando el himno nacional en el Palacio Nacional en Puerto Príncipe. REUTERS/Andres Martinez Casares

Oficialmente, Haití había registrado 15.895 infecciones y 333 muertes por COVID-19 hasta el 5 de junio entre sus 11 millones de habitantes, un número de casos bajo en comparación con otros lugares de América Latina y el Caribe.

Pero los datos son limitados debido a las bajas tasas de pruebas y los médicos dicen que las cifras reales son mucho más altas. Y la tendencia al alza podría resultar “catastrófica”, según Laure Adrien, Directora General del Ministerio de Salud de Haití.

La falta de saneamiento hace que las enfermedades se propaguen rápidamente en Haití. Sus barriadas están densamente pobladas, y su sistema de salud, ya abrumado y caótico, depende de donaciones inconstantes.

La semana pasada, dos de los principales hospitales que tratan a los pacientes con COVID-19 en la capital, Puerto Príncipe, anunciaron que estaban saturados.

“Estamos desbordados de pacientes”, dijo Marc Edson Augustin, director médico del Hospital St Luke.

Jean “Bill” Pape, uno de los principales expertos en enfermedades infecciosas de Haití, dijo que ahora el país no está tan preparado como antes. “Necesitamos reabrir nuevos centros para aumentar el número de camas dedicadas al COVID”, sostuvo.

La nueva oleada también se produce en medio de un aumento de la violencia de las bandas criminales, que dificulta la prestación de la escasa asistencia sanitaria disponible.

El Hospital St. Luke advirtió el lunes que podría tener que cerrar por completo su unidad para COVID-19, ya que la violencia estaba dificultando el abastecimiento de oxígeno.

Ya en febrero, Médicos Sin Fronteras (MSF) cerró todos los servicios del hospital de Cite Soleil, excepto el de urgencias, donde el año pasado trató a pacientes de COVID-19.

En medio de esta situación, los haitianos más adinerados están pagando para ser evacuados a Florida o a República Dominicana.

Con información de Reuters.

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