A las madres migrantes que habitan el campamento instalado en las inmediaciones de la garita de El Chaparral les queda muy clara una cosa: sus hijos son lo más importante en sus vidas y siempre van a hacer hasta lo imposible por salvaguardarlos. Incluso si es teniendo que dejar un hogar y una vida atrás para comenzar de cero.

Es ahí, en ese campamento instalado desde febrero pasado y donde habitan alrededor de 2 mil migrantes, donde estas madres de familia han encontrado un pequeño hogar momentáneo pese a las circunstancias y precariedades, pero gracias al apoyo mutuo y a las formas de correspondencia que han tenido entre ellas.

Foto: Lisbeth Chávez

Cada una de ellas carga a cuestas una historia que les pesa. La gran mayoría viene huyendo de la violencia, amenazas, extorsiones y asesinatos de algún familiar. Lo único que les queda, dicen, son sus hijos, sus pilares, y es por ellos que están ahí, a la espera de poder encontrar asilo en Estados Unidos con el objetivo de brindarles un mejor futuro.

La señora Marcia, originaria de Honduras, es madre soltera de dos hijos de 12 y 19 años. Ellos tuvieron que huir hace cuatro meses porque las pandillas intentaron reclutar a su hijo más pequeño y desde entonces llegaron las amenazas; no se lo pensó dos veces y con todo su pesar salieron rumbo a Tijuana y llegaron directamente al campamento cuando éste se formó.

Foto: Lisbeth Chávez

Ahí en el campamento encontró cierta estabilidad gracias a que conoció a otras madres que, igual que ella, tienen a sus hijos y que vienen huyendo por ese mismo motivo. “Nos hemos acoplado, nos hemos dado seguridad, nos dividimos tareas, nos apoyamos con la comida (…) yo no conocía a nadie, pero apoyándonos nos hemos hecho más humanos, más familia”.

La coordinación como una forma de sobrellevar su situación

Desde temprana hora, cada una de las madres se prepara para cumplir ciertas tareas de forma organizada. Esa ha sido la fórmula para sobrellevar sus situaciones día con día. Cada mañana hacen fila en el depósito de agua que las autoridades les instalaron, ya sea para lavar ropa, el aseo personal o para preparar sus alimentos.

La señora Jenny, también originaria de Honduras, dice que hacer las cosas de esa manera les ha permitido tener más tranquilidad porque saben que es como un hogar, en donde se cumplen ciertas tareas para que sus espacios y sus residencias -como suelen llamarle a sus casitas de campaña- tengan un equilibrio.

Foto: Lisbeth Chávez

Ella es madre de tres niñas y huyó de su país por las amenazas que recibían constantemente. Le bastó una ocasión que sus agresores las detuvieron en la calle y les apuntaron con un arma, para migrar de un día para otro.

Coincide con las demás, en que al principio era muy difícil sobrellevar su realidad en un espacio en donde no tenían más que un par de cobijas para pernoctar en noches que hacía mucho frío, e incluso bajo la lluvia. Pero gracias a esa coordinación y apoyo mutuo han podido reforzar sus espacios y tener mejores condiciones entre todos.

Foto: Lisbeth Chávez

“Es feo llegar a un lugar que no conoce. Uno no sabe qué hacer, pero de a poco con ese apoyo nos vamos encontrando. No nos conocíamos allá (en su país), pero aquí venimos a encontrarnos, porque el mismo dolor de ellas es el mismo dolor mío, nos entendemos y nos apoyamos como mujeres por nuestros hijos”, relata.

El constante andar de un lado a otro

María de los Ángeles, originaria de El Salvador, es una joven madre de dos niños, uno de cuatro años y otro de un mes que nació en Tijuana, en donde llevan viviendo un año. Previo a instalarse en el campamento, ella intentó cruzar en otras ocasiones por cuestiones de progresar y darle una mejor vida a su hijo, pero ello la llevó a un constante andar de un lugar a otro.

Foto: Lisbeth Chávez

A su esposo, que se dedicaba a ser conductor de Uber, le llegaron las amenazas cuando dejó de pagar la cuota que le pedían personas del crimen organizado y entonces decidieron salir definitivamente de su país y se instalaron en Tapachula, Chiapas.

Ahí conocieron a Yolanda, originaria de Honduras, quien viajaba con sus dos hijos adolescentes y su esposo. Desde entonces, ambas familias han estado juntas, apoyándose y compartiendo incluso espacio en el campamento, en donde la señora Yolanda ha montado su propio negocio de comida.

Foto: Lisbeth Chávez

Para María de los Ángeles no ha sido fácil siendo madre joven de hijos pequeños, sobre todo porque, dice, “nos hemos valido por sí solas, con trabajos por periodos, nada estables y sacando de donde se pueda para alimentar a los hijos, además porque requieren de mayores atenciones y cuidados”.

Está agradecida de haberse encontrado con Yolanda, porque el apoyo entre familias ha servido para sobrellevar su situación. Yolanda piensa lo mismo, pues ha encontrado una estabilidad emocional gracias a sus nuevos amigos.

Foto: Lisbeth Chávez

Yolanda tuvo que abandonar su país luego de que los asesinos de su cuñado quisieron tomar represalias; comenzaron a buscarla y a sus hijos, y mejor salieron para salvaguardarlos, aunque no deja de pensar en que un día pueda regresar tranquila a su país natal.

En el campamento es muy conocida por su puesto de comida en el que la especialidad, son las ‘baleadas’, una comida típica de Honduras que consiste en una tortilla de harina gruesa, rellena de frijoles fritos, queso rayado y crema. Todos los días desde temprana hora se prepara para cocinar y es así como han podido obtener algo de dinero en el campamento.

Foto: Lisbeth Chávez

La escuela, lo que más padecen los hijos

Sobre los hijos, todas las madres coinciden en que lo que más padecen es el haber dejado las escuelas, no solamente porque es ahí donde ellos tenían una vida, sus amigos y sus ilusiones, sino porque su desarrollo académico se ha visto truncado.

En el campamento solía haber una escuelita que les brindaba clases a los menores, pero las madres lo que quieren es que sus hijos puedan seguir estudiando de manera formal para que puedan llegar a ser alguien en sus vidas y terminen una carrera universitaria.

Para la señora Jenny, lo más importante es incentivar a sus hijas diciéndoles que no se preocupen, que todas sus metas las van a cumplir porque no van a estar siempre en la misma situación.

“A veces yo les digo que me disculpen por traerlas yo aquí, pero no podía dejarlas en riesgo, y ellas entienden eso y a la vez me animan también”.

En las voces de las madres se percibe el dolor que traen a cuestas, saben que no es algo que un día quisieron tener o pasar en sus vidas, sobre todo por sus hijos. Al mismo tiempo se percibe en ellas una fuerza de voluntad por generar mejores condiciones de vida para sus hijos y que así puedan ellos cumplir sus metas, sueños y objetivos.

“Los hijos son los pilares en la vida de una madre y una madre es capaz de hacer cualquier cosa por el bienestar de sus hijos. Mientras los hijos estén bien y al lado de las madres, todo va a estar bien. Lo único que nosotros queremos es sobrevivir y tenemos mucha fe en Dios que por nuestros hijos nos puedan dar el asilo”, dijo finalmente la señora Marcia.

Foto: Lisbeth Chávez

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